Cuarenta años antes de que la acción femenina fuera tendencia, Miyazaki ya había dibujado a la guerrera definitiva.
Hay películas que llegan antes que las palabras para describirlas. Nausicaä del Valle del Viento se estrenó en 1984, cuando el concepto de ‘protagonista femenina de acción’ no era una categoría de marketing sino una rareza casi subversiva. Sin embargo, Hayao Miyazaki no estaba haciendo una declaración ideológica: simplemente estaba contando la historia que necesitaba contar.
Nausicaä es princesa, científica, piloto y pacifista. No elige entre esos roles ni los jerarquiza. Vuela sobre las dunas tóxicas del Fukai con la misma naturalidad con que estudia los hongos que están, lentamente, devorando el mundo. En un cine que entonces ofrecía a las mujeres el papel de damisela o el de excepción que confirma la regla, ella era otra cosa completamente distinta: una protagonista compleja cuya fortaleza no residía en imitar a los hombres, sino en ser radicalmente ella misma.
Lo que hace a esta película tan vigente cuatro décadas después no es su feminismo implícito, sino su ecología moral. El Fukai, ese bosque venenoso que la humanidad teme y destruye, resulta ser el sistema de purificación del mundo. Los monstruos no son el enemigo. El miedo lo es. Miyazaki plantea una pregunta que hoy resuena con más urgencia que en 1984: ¿y si aquello que destruimos era lo único que nos mantenía vivos?
Nausicaä del Valle del Viento es técnicamente la película que antecede a Studio Ghibli, fundado un año después de su estreno. Pero en espíritu es la primera película Ghibli: la que establece que la animación japonesa puede contener el peso del mundo sin perder ni un gramo de ternura. Verla hoy, en pantalla grande, es entender de dónde viene todo lo que vino después.





