El Castillo en el Cielo: cuando Ghibli aprendió a soñar en grande

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La primera película oficial del estudio es también su declaración de principios más pura.

Existe un momento en El Castillo en el Cielo en que la ciudad flotante de Laputa aparece en pantalla por primera vez, cubierta de musgo y silencio, habitada solo por un robot centenario que cuida un jardín que ya nadie visita. Es uno de los planos más hermosos de la historia de la animación, y resume todo lo que Studio Ghibli prometía ser en 1986: un estudio capaz de encontrar melancolía en la aventura y belleza en la ruina.

Hayao Miyazaki dirigió esta película como la primera producción oficial del estudio recién fundado junto a Isao Takahata. Había presión, había urgencia, y hay quien dice que esa tensión se siente en el ritmo de la película: El Castillo en el Cielo es la más veloz, la más física, la más cinematográficamente convencional de las grandes obras de Miyazaki. Tiene persecuciones, explosiones, piratas voladores y una cuenta regresiva. Y sin embargo, en ningún momento deja de ser profundamente Ghibli.

El secreto está en sus protagonistas. Sheeta y Pazu no son héroes de acción: son dos niños que se ayudan mutuamente porque sí, porque es lo correcto, sin pedir nada a cambio. En un cine de aventuras construido sobre el interés propio y la recompensa, esa generosidad gratuita resulta casi revolucionaria. Miyazaki siempre ha creído que los niños merecen historias donde la bondad no necesita justificación.

Treinta y nueve años después, El Castillo en el Cielo sigue siendo la puerta de entrada perfecta al universo Ghibli. No porque sea la más profunda o la más ambiciosa, sino porque concentra todo lo que el estudio sería: el amor por el vuelo, la desconfianza del poder, la fe en la infancia y esa capacidad única de hacer que lo imposible parezca, por un momento, completamente real.