Ponyo: la película más radical de Miyazaki disfrazada de cuento infantil

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No hay villano, no hay lección moral, no hay consecuencias reales. Y eso es exactamente el punto.

Ponyo es, en apariencia, la película más simple que Miyazaki ha hecho. Una niña pez quiere ser humana. Un niño de cinco años quiere que se quede. El mar se rebela un poco. Todo termina bien. Si se reduce a ese resumen, parece un cuento para bebés. Lo que ese resumen no captura es que Ponyo es una película filmada desde la lógica interna de un niño de cinco años, con todo lo que eso implica.

En el mundo de Ponyo, las cosas ocurren porque deben ocurrir, no porque alguien las cause. El tsunami no es consecuencia de nada ni tiene responsables. Los peces prehistóricos que nadan sobre los tejados no necesitan explicación. La madre de Sosuke deja al niño solo en casa en medio de una catástrofe oceánica porque en la lógica de la infancia, ese tipo de cosas simplemente pasan. Miyazaki no está siendo descuidado: está siendo fiel a cómo los niños pequeños experimentan el mundo, donde la causalidad adulta no aplica.

Lo más perturbador para el espectador adulto es la ausencia de conflicto moral real. Fujimoto, el padre de Ponyo, podría ser el villano, pero no lo es. La magia que transforma el mundo podría tener consecuencias irreversibles, pero no las tiene. Miyazaki desmonta sistemáticamente todas las estructuras narrativas que el cine infantil ha normalizado, y ofrece a cambio algo mucho más extraño: una historia donde el amor de un niño de cinco años es suficiente para sostener el mundo.

Animada completamente a mano, sin efectos digitales, Ponyo es también una declaración técnica. Las olas son pintadas con la misma intensidad que las de Hokusai, el mar es un organismo vivo y amenazante que Miyazaki dibujó personalmente miles de veces. Para entender Ponyo hay que abandonar la expectativa de que una película infantil deba enseñar algo. A veces, simplemente, puede ser.