Miyazaki filmó su película más personal en el peor momento posible, y eso se nota en cada fotograma.
El Increíble Castillo Vagabundo se estrenó en 2004, en plena invasión de Irak. Miyazaki lo había declarado abiertamente: estaba furioso, y esa furia entró en la película de maneras que él mismo no terminó de controlar del todo. El resultado es su obra más irregular y, paradójicamente, una de las más conmovedoras.
La premisa es un cuento de hadas clásico: una joven es convertida en anciana por una bruja, y debe encontrar la manera de romper el hechizo. Pero Miyazaki no tiene ningún interés en la maldición. Lo que le interesa es Sophie, la protagonista, y lo que ocurre cuando una persona joven se ve obligada a habitar un cuerpo viejo: de pronto ya no hay nada que demostrar, ninguna expectativa social que cumplir, ningún miedo al juicio ajeno. Sophie se vuelve, en cierto modo, más libre.
Howl, el mago del castillo ambulante, es el contrapunto: joven, bello, talentoso y profundamente cobarde. No es un héroe ni pretende serlo. Su arco no es el de alguien que aprende a ser valiente, sino el de alguien que aprende que la valentía no es lo contrario del miedo, sino elegir actuar a pesar de él. La guerra que se libra fuera del castillo no es el conflicto central: es el ruido de fondo que hace más urgente todo lo demás.
La película tiene fracturas visibles. La narrativa se fragmenta, algunos giros no están del todo resueltos, y hay secuencias que parecen pertenecer a otra película. Pero esas imperfecciones tienen algo de honesto: El Increíble Castillo Vagabundo fue hecha por alguien que estaba pensando en voz alta sobre la guerra, el envejecimiento, el amor y la rendición. No todas las respuestas están. Pero las preguntas son las correctas.





